Todo ha sido por una camiseta.

Hace unas jornadas en La Liga española ocurrió algo que tuvo más repercusión social que el partido y su resultado. Tras la entrada masiva de miles de ciudadanos extranjeros en la pequeña Ceuta a finales de julio, se han ido celebrando manifestaciones de apoyo al territorio español, también en el fútbol. Ponerse, quitarse o tapar el lema de una camiseta con la que se muestra solidaridad y simpatía hacia la ciudad autónoma, ha significado más que muchos discursos y palabras de expertos.

Con independencia del debate sobre la obligación de posicionarse políticamente ante cualquier hecho de la vida, el gesto de tres jugadores que parecían descontentos o no tan comprometidos con la camiseta y su contenido, ha despertado a muchos a una realidad antes tapada. Sobre el papel, los tres futbolistas de la polémica son europeos. Dos franceses de origen argelino-camerunés, por un lado, y maliense, por el otro; y un tercero nacido en Brasil que tiene también la nacionalidad española. 

La actitud de estos jugadores, que están en su libertad de no posicionarse o de posicionarse como ellos consideren, debería servir para hacer otro tipo de reflexión. Durante años nos han querido convencer de que la cultura, la raza, la etnia, la religión o tus orígenes familiares no tenían ninguna influencia en las personas y su arraigo. Querían convencernos de que un bagaje de siglos podía desaparecer por el simple hecho de nacer en un país y no en otro. Han querido retratar a las personas como meros entes homogeneizados en un concepto de nación donde, de manera mágica, vas a sentirte integrado e identificado solo por la casualidad de tu nacimiento o la facilidad de cruzar la frontera.

Sin embargo, el ser humano no es así. Las personas tienen más amor hacia la patria de sus padres que a la que pueden tener a la patria que pisan. No hay dinero, no hay política, no hay poder que obligue, ni deba obligar a un hombre a que se desligue de sus raíces, por muy ajenas que nos parezcan.

El gran problema de nuestro siglo es que Europa ha terminado convencida. Así que ahora anda con los ojos vendados, ciegos, a tientas en una sociedad en la que ya no se reconoce después de décadas de discurso destructivo y miedos inventados. Pero España o Francia, igual que Brasil, Camerún, Argelia o Mali, tienen una historia, un sustrato cultural, una religión, unas tradiciones de las que no deberían olvidarse ni desprenderse como si no fueran más que anécdotas y motivos de vergüenza. 

En mi opinión, los tres jugadores fueron consecuentes. Los demás también deberíamos serlo y empezar a replantearno qué Europa queremos.

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