Estoy de lleno en la lectura de un conocido best seller español. No critico el libro, que conste, de hecho es entretenido, pero tiene detalles que me ayudan a que pueda presentar mi segunda personalísima guía de «Cómo no escribir», esta vez según El juego del ángel de Carlos Ruiz Zafón. Porque el escribir bien no tiene principio ni fin.
Así pues, evita:
·El efecto sinónimo
¿A qué llamo «efecto sinónimo»? Verás, empezamos a escribir y nos pasa que: creemos que algunas palabras no son lo bastante chic, no son dignas de aparecer impresas en nuestra obra; no queremos repetir vocabulario, tememos demostrar pobreza en el lenguaje…
Es entonces cuando, muy listillos, nos vamos a los engañosos sinónimos. De ahí que surjan aberraciones del tipo «portar un libro» o «posar la mano en el hombro». ¿Es que hablamos así? ¿Es que eso queda bonito? Poner, hacer, estar, ser, llevar. Verbos que utilizamos a diario, que son imprescindibles y que no debes dudar de incluir en tu obra. La sencillez es hermosa.
Ante el peligro de quedarnos sin palabras y caer constantemente en el ser o el estar, es conveniente recurrir a la inventiva, a la creatividad. Se puede contar la misma acción de mil maneras.
Se apoyó en mi hombro, me agarró del hombro, sentí su mano en el hombro… Sin soltar el libro, con el libro en la mano, el libro me pesaba… Es más: ¡a veces no hay ni que poner nada!
·Ser poeta
Sí, lo sé, es una tentación muy grande querer crear líneas bellas, metáforas que impacten, comparaciones caprichosas… No. Déjalo. El arte de lo poético requiere de una precisión y una sensibilidad muy complejos y además no siempre encaja en el texto.
En este libro puede leerse: «Un soplo de luz blanca abrió el cielo y un manto de tejido de gotas de lluvia se desplomó como un enjambre de puñales de cristal». ¿No es demasiado? ¿No nos produce una sensación de pomposidad fuera de lugar? Si quieres ser poeta, al menos reduce, pule, corta. Disimula, básicamente. Caían cristales del cielo, Una luz de lluvia apuñaló el cielo (algo tópico, ¿verdad?). Un directo Llovía es a veces lo más poético. No lo olvides.
·Los gerundios
Estoy segura de que esto lo habrás visto en tallares, charlas y libros sobre cómo escribir (o eso espero), pero es que hay que repetirlo cuanto haga falta porque es uno de los grandes males de la prosa. Sí, puedes usar gerundios. Uno. Dos. No más.
El gerundio es una forma verbal del castellano válida, pero tiene un uso correcto y limitado a determinadas situaciones que puede generar confusión, así que se tiende a emplearlo mal y de manera abusiva. Gramática aparte, los gerundios entorpecen la fluidez y la naturalidad de la expresión. Ejemplos:
«Saliendo de la Maison Dorée, me sorprendí a mí mismo caminando Rambla abajo portando aquel ejemplar».
«[...] guiándome de nuevo hasta la casa de la torre, dejando atrás aquella presencia[...]»
No sé a vosotros, pero a mí me suena reiterativo e incluso incómodo de leer.
Dejé la Maison Dorée y, Rambla abajo, vi que llevaba conmigo aquel ejemplar…, me sorprendí con aquel ejemplar en la mano.
Me guió hasta la casa de la torre y así dejamos atrás aquella presencia. Dejamos atrás aquella presencia al guiarme hasta la casa de la torre.
Yo qué sé…, lo que sea menos los gerundios. En serio.
·Demostrar cuánto sabes y cuánto te has documentado
Es que se nota a simple vista y, lo siento, me resulta artificial: esa información irrelevante en la trama que solo sirve para presumir de que, ojo, has estudiado y estás siendo muy realista… Que una historia se desarrolle en otra época no significa que tengas que explicar esa época. No estás ahí para dar una clase de historia (a no ser que tu libro sea de historia, obvio), ni para nombrar cada calle, barrio y local porque, hombre, te has documentado y sabes mucho... No. Escribe tu obra ambientada en 1917 como si fueras un autor de 1917 y no tuvieras que informar a tus contemporáneos de que hay una guerra mundial.
·Escribir de lo que no conoces
El personaje de Pedro Vidal intenta escribir una novela de sagas familiares que se remontan a tiempos lejanos, una odisea mezclada con la propia historia de la ciudad de Barcelona, o algo por estilo. Por supuesto, se queda en el intento. El maestro Chéjov, siempre un referente en la literatura, nos aconseja, y de manera mucho más sabia que yo, que escribamos de lo que nos rodea, de lo que conocemos. Las grandes historias no están lejos de ti ni son rebuscadas. No subestimes lo cotidiano.
Gracias.
Buena guía.
ResponderEliminarPero a mí no me interesa demasiado que un novelista se limite a contarme una historia: es necesario además que cree un lenguaje bello porque el propósito del arte, aunque suene cursi, es la creación de belleza. Y creo por lo tanto que todo lenguaje poético —siempre y cuando esté bien escrito y no quede pomposo, claro— encaja en cualquier texto.
Por nombrar a uno, las novelas de Ignacio Aldecoa son muy poéticas. Por ejemplo, los primeros párrafos de «Gran Sol»:
https://books.google.es/books?id=yFyLHAKjobsC&printsec=frontcover&hl=es#v=onepage&q&f=false
Saludos.
A veces confundimos un lenguaje bello con lo poético, y para nada es así. Una prosa llana, sencilla, limpia, es también bella. Estas guías, totalmente personales que se basan solo en mi criterio, son para que los que no somos genios de la literatura podamos escribir algo mejor. Así que, ante la duda, prescindamos de los alardes poéticos que pueden perjudicar el texto.
EliminarSi encuentro el libro adecuado, quizá me anime a un «Cómo sí escribir».
Gracias por leerme y tus comentarios, Blue. Saludos
Hola
ResponderEliminarHola caracola 🐌
Eliminar😂😂😂
Hola y gracias.
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