Tema: Flaco
Había una vez una mujer que tuvo dos hijas. La bruja de la aldea vaticinó, según la posición de las estrellas, un nacimiento dichoso que fortalecería su estirpe y, con esa esperanza, alumbró gemelas. Rubias, con los ojos de miel y las mejillas tiernas como albaricoques, su madre les puso por nombre Camino y Montaña.
Si bien eran idénticas en casi todos los aspectos, había un detalle que sorprendía: la diferencia de tamaño. Ya desde la cuna, Montaña se veía lustrosa, redonda; pero Camino nació flaca y creció igual, como una espiga que se ondula al paso. Su madre no encontraba razón de ser a este suceso pero tampoco indicios de enfermedad o carencia, así que dejó de darle importancia y toda la aldea se acostumbró pronto a ver a las niñas corretear por el bosque y la plaza, una con sus piernecitas bien torneadas, gruesas en la justa medida, y la otra con las pantorrillas lisas, puro hueso de color carne.
Sin embargo, con los años Camino se hacía más pulida, más delgada, más transparente; y Montaña crecía a lo alto y a lo ancho de un modo encantador. Preocupada, su madre consultó con la bruja y le confirmó el augurio, así que regresó a casa con un caos de pensamientos en su cabeza. Las niñas jugaban delante del fuego del hogar: Montaña colocaba encima de los hombros finísimos de su hermana unos muñecos que representaban felinos y se entretenía en mantenerlos en equilibrio. Para ello, Camino debía quedarse muy quieta, y tanto se esforzaba en abandonar cualquier movimiento que parecía sin vida.
Al poco de que cumplieran quince años, su madre tuvo que ir a la ciudad y las dejó solas por primera vez. Eran lo bastante responsables como para cuidar de la casa sin que su madre estuviera intranquila. Cerraron la puerta. Se acostaron. Una junto a la otra, se abrazaban fuertemente. Montaña agarraba a su hermana por la espalda y su mano carnosa tocaba solo un cuerpo duro, sin dobleces. Se durmieron.
No salieron de casa en tres días. Su madre regresó al cuarto. La recibió Montaña sentada en la cocina. Parecía más adulta, el doble de mujer, con el rostro anguloso y lleno, los brazos elásticos, las caderas fuertes y los ojos antes de miel ahora de cera.
—Camino ya no está. Y no va a volver —dijo.
Este relato siempre me embelesa por la originalidad descriptiva que tienes. Es extremadamente sensorial, tanto que hasta ruboriza los sentidos.
ResponderEliminarTu crítica es demasiado buena para mi modesto relato. ¡Gracias!
EliminarPocas obras cuentan tanto con tan limitada duración. Un 10 en toda regla.
ResponderEliminarMuchas gracias. Es algo muy simple, pero me alegra que te haya gustado.
EliminarMe parece que voy a quedar muy mal al decirlo: no lo he entendido del todo. O eso creo. La culpa es mía, sin duda.
ResponderEliminarPero está muy pero que muy bien escrito. Enhorabuena. Si tienes más cuentos ¡ponlos!
Saludos,
Marcos.
Gracias, como siempre, Blue.
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